Dicen que caminar sobre el agua es un milagro.
Pero para mi, el verdadero milagro es seguir caminando sobre la tierra cada día en un mundo en el que tú ya no estás.
Hoy es 6 de julio. Un año sin ti.
Si lo escribo, me duelen hasta cada una de las letras.
Nunca me había dolido tanto escribir como ahora.
Un año sin ti, papá.
Y hoy, que hace un año que te fuiste al otro lado, miro el mar de lágrimas que llevo dentro.
Este es el mar que te vio nacer a ti, a mí, a toda la familia que tú creaste con amor al lado de mamá y el mar de todos nuestros ancestros. He vivido tantas pérdidas que ya no queda casi nadie del linaje. Tu ausencia es enorme porque tú eras el último guardián del clan.
No me creo que ya no estés, papá, porque en realidad sé que estás en todas partes.
Te veo en el mar, en cada rincón del puerto, en los barcos y en la sal.
Te siento en el aire, en el cielo, en los pájaros que me visitan todas las mañanas y en las plumas que aparecen cuando menos me lo espero, como hacías tú, cuando llegabas a cualquier hora del día y te presentabas por sorpresa en mi casa, solo para darme un abrazo y decirme “te quiero, hija mía”.
Gracias por enviarme tantas señales desde el otro lado. Las recibo todas y sé que eres tú intentando decirme: “sigo a tu lado”.
Gracias por dejarme este gran legado de amor y ternura, papá.
Te veo en tu taller y en su silencio, oigo tu voz entre tus herramientas, entre cuerdas, máquinas, maderas, lápices, pinturas, aceites y disolventes.
Si te digo la verdad, no sé como he sobrevivido a este primer año sin ti.
En realidad sé que no he vivido, vivir es otra cosa, simplemente he “sobrevivido” a un naufragio que me ha dejado con el alma rota, sin rumbo y a la deriva.
Un día cada día.
Te fuiste de golpe, sin despedida. Igual que mamá. Para recordarme de nuevo que la vida es hoy y que te cambia en un segundo. Deseo que ella viniera a recibirte, como siempre me decías.
Siempre pensé que volveríamos juntos a casa.
Hace un año que mi mundo se derrumbó y luego se detuvo mientras otros me decían “que la vida sigue”. Yo volví sin ti a la isla en un barco que llevaba tu nombre: Jaume I. Que dolorosa sincronía.
Una ruta por mar entre Mallorca y Menorca, teñido de lágrimas, un trayecto entre dos islas que para mi simbolizarán para siempre el inicio y el final, el nacimiento y la muerte.
Hoy hace 365 días que ya no puedo abrazarte, papá. Y hay algo que tengo muy claro: mi vida, a tu lado, tenerte cerquita, era mucho mejor.
He tenido que llegar a mis 50 años para darme cuenta que el mejor título que me ha dado la vida es ser la “hija del último Mestre d’Aixa”.
Seguir adelante sin ti, que has sido papá, maestro, guardián, capitán, cocinero y mamá, todo a la vez, es hacer un duelo muy profundo por demasiados roles a la vez.
Tu luz sí que era un faro.
Saber que no puedo verte más, me rompe el corazón. Pero estos meses he aprendido que la causa del duelo no es la muerte, es el AMOR. Porque el duelo es amor que no sabe a donde ir. También he aprendido a dar espacio a la tristeza cada vez que me visita, aunque incomode al resto del mundo. Me da igual. Ya no me da miedo ser vulnerable.
Mirar nuestras fotos de días de pesca, navegación y viajes me llena de agradecimiento y amor por todo lo vivido. Gracias por tanto, papá. “Muy pocas familias hacen lo que hemos hecho nosotros”, me decías con orgullo. Y cuanta razón tenías. Hoy brindo por todos nuestros viajes y aventuras por el mundo: por Egipto, Turquía, Europa, Tailandia, Cuba, Portugal, Tanzania y Estados Unidos. Tu alma se ha ido llena de experiencias extraordinarias.
Echo de menos tu voz, nuestras salidas a navegar, los platos que cocinabas para mí cualquier día de la semana, tus llamadas de teléfono para decirme “buenas noches, pitufina”, escuchar tus relatos de los años 60 y tantas historias de naufragios en la costa menorquina, historias de barcos y de vida de un pasado en la isla que ya no existe. Sin ti, se ha completado un gran ciclo y una época histórica, maestro.
¿Cómo se vive sin ti, papá? No tengo ni idea, pero te prometo que hace un año que lo intento cada día.
He perdido fuerza, brillo y ganas. Lo sé. Pero después de morir en vida, sé que voy a renacer. Como tú me enseñaste. Poco a poco, sin prisa. Honrar tu legado implica ser feliz y volver a brillar.
Dicen que las hijas heredan la determinación y la fuerza del padre, si es así te confieso que necesito todo tu legado de coraje y valentía para seguir adelante. Un año más.
Si volviera a nacer, te elegiría mil veces más como padre, como maestro y capitán.
Deseo que sea cierto que cuando nacemos y morimos se alegran los mismos.
Si es así…
Te veré al otro lado cuando llegue mi momento.
Por tu luz, te reconoceré.
Te quiero, papá.

Nota final: si lo deseas, puedes visualizar este texto en formato video en mi canal de YouTube. He creado una nueva lista de reproducción en un tono más poético, íntimo y personal para expresar emociones y sentimientos del proceso de duelo. Esta nueva playlist se titula: el mar que llevo dentro.
Con amor,

